martes, 13 de enero de 2009

Interposición de Recurso de Protección que busca impedir la realización del show "Vírgenes"

Un nuevo atentado contra la Virgen y contra garantías básicas que la Constitución Política asegura a todas las personas se está perpetrando actualmente: El diseñador Ricardo Oyarzún está preparando un show en el que modelarán representando a la Virgen María el transformista Ariadna Soli junto con las modelos Adriana Barrientos, Anita Alvarado, Pamela Díaz, Carla Ochoa y Bárbara Vos, entre otras. Esta exposición busca personificar a la Virgen en atuendos y posturas inapropiadas y ofensivas.

Hoy martes 13 de enero, a las 12 AM, presentamos un recurso de protección ante la Ilustre Corte de Apelaciones de Santiago, para evitar que el diseñador don Ricardo Oyarzún Drogett, pueda efectuar el desfile de moda “Vírgenes”.

En el desfile se pretende, entre otras cosas, que varias modelos muestren vestidos en imágenes provocativas y sensuales, que evocan distintas advocaciones de la Virgen María, Jesucristo y María Magdalena.

Los recurrentes reclamamos que este evento vulnera al menos dos derechos constitucionales. Por una parte, el de libertad religiosa, en su dimensión pasiva, el cual permite el ejercicio de los cultos permitidos, e impone al resto de los ciudadanos no sólo el respeto a los cultos religiosos admitidos en el país, sino también no concurrir a denostarlo con imágenes o hechos provocadores para los que profesan una determinada fe. Por otra parte, alegamos que con este evento también deshonran a todos los católicos y en particular a nosotros, los recurrentes.

La presentación se ha hecho pidiendo al mismo tiempo que la Corte de Apelaciones conceda una orden de “no innovar”, de manera que se ordene la suspensión del evento, en tanto no se resuelva el fondo del asunto.

Para nosotros, la presentación del recurso se hace imprescindible, a fin de asegurar a los católicos, que las personas a quien se les rinde pública adoración, veneración o culto, como es Jesucristo, la Virgen o los santos católicos, no sean objeto de blasfemia pública, como se pretende hacer por medio del evento que está montando el señor Ricardo Oyarzún.

El recurso ha sido patrocinado por los abogados Jorge Baraona González, profesor de la Universidad de los Andes y Álvaro Ferrer del Valle, de la P. Universidad Católica de Chile.
Gentileza de Muévete Chile.

viernes, 19 de diciembre de 2008

"El celibato sacerdotal consagra más estrechamente a Cristo"

“La Iglesia, desde siempre, ha tenido en gran consideración el celibato de los sacerdotes”. Así lo afirma el cardenal Francis Arinze, hasta hace unos días prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en un libro presentado este martes en la sede de Radio Vaticano.

Amplios fragmentos del texto de este libro, titulado “Reflexiones sobre el sacerdocio, carta a un joven sacerdote” (publicado por la librería Editrice Vaticana) han sido también publicados en italiano por el diario “L’Osservatore Romano”.

“Cristo vivió una vida virginal, enseñó a sus discípulos la castidad y propuso la virginidad a los que están dispuestos y en grado de seguir una llamada semejante”, explica el cardenal Arinze en su libro.
“En la vida sacerdotal, la continencia perpetua por el reino de los cielos expresa y estimula la caridad pastoral. Es una fuente especial de fecundidad espiritual en el mundo”; “es un testimonio que resplandece ante el mundo como camino eficaz para el seguimiento de Cristo”.

En el mundo de hoy, “inmerso en una preocupación exagerada por el sexo y por su desacralización”, “un presbítero que vive con alegría, fidelidad y positivamente su propio voto de castidad es un testigo que no puede ser ignorado”, observa.

A través del celibato sacerdotal, prosigue el purpurado, “el presbítero se consagra más estrechamente a Cristo en el ejercicio de la paternidad espiritual”, se manifiesta “con más disponibilidad” “como ministro de Cristo, esposo de la Iglesia”, y puede “verdaderamente presentarse como signo vivo del mundo futuro, que está ya presente por medio de la fe y de la caridad”.

El sacerdote, advierte el cardenal, “no debe dudar del valor o de la posibilidad del celibato a causa de la amenaza que representa la soledad”, pues ésta está presente en cierta dosis en cada estado de vida, también en la vida matrimonial.

Sería por tanto una equivocación intentar evitar la soledad “lanzándose cada vez más a la actividad y organizando continuamente nuevos encuentros, viajes o visitas”.

Lo que el sacerdote necesita en cambio es “el silencio, la quietud y el recogimiento para estar en la presencia de Dios, dar mayor atención a Dios y encontrar a Cristo en la oración personal ante el Tabernáculo”, porque “sólo entonces será capaz de ver a Cristo en cada persona que encuentra durante su ministerio”.

Para vivir bien el celibato es también importante la aportación de la fraternidad, hasta el punto que “el ideal es que el obispo haga de modo que los sacerdotes vivan de dos en dos o de tres en tres por parroquia, en vez de solos”, porque “tienen necesidad unos de otros para hacer crecer al máximo sus potencialidades”.

El presbítero, añade el cardenal en su libro, “tiene como Maestro a Cristo”, y aunque no le sea posible imitar su forma de actuar “en cada mínimo detalle”, “esto no nos exime de seguirlo de la forma más cercana posible”.

La obediencia que el sacerdote da al Papa, al obispo y a sus representantes “se basa en la fe” y es el instrumento a través del cual “el sacerdote da a Dios la posibilidad de servirse plenamente de él para realizar la misión de la Iglesia”.

“Dios protege al sacerdote que respeta y obedece a su obispo con fidelidad firme y nobleza de carácter”.

Como seguidor de Cristo, que en su vida terrena vivió como pobre, el presbítero está llamado a la pobreza.La virtud de la pobreza tiene que ver también con el uso personal del propio dinero. Evitando todo aquello que pueda apegarle a los bienes terrenos y le incline a gastos excesivos, el sacerdote debe acordarse de los pobres, de los enfermos, de los ancianos y de todos los necesitados en general.Los medios de transporte, la casa, el mobiliario, el vestido, no deben ponerle en la parte de los ricos y los poderosos.

Un test sobre la generosidad del sacerdote puede consistir en preguntarse qué motivos de caridad se incluyen en sus deseos y cuánta gente pobre, pobres seminaristas o candidatos a la vida consagrada llorarán su muerte, reconociendo que ha fallecido su padre en Cristo y su benefacto.
Publicado el 16. Dec, 2008 por CatólicoDigital en Artículos

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Cardenal J. Medina: uno de los pocos obispos que todavía llama a las cosas por su nombre.

Una vez más, el Caedenal don Jorge Medina Estévez, llama a las cosas por su nombre. Ojalá todos los obispos se atrevieran a hacerlo.
Vea el siguiente enlace:
http://terratv.terra.cl/templates/channelContents.aspx?channel=12&contentid=83930

sábado, 29 de noviembre de 2008

ADVIENTO: Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre.

Por José de Jesús y María
Manifestaciones dominicales del Espíritu Santo
desde el Sagrado Corazón de Jesús

El tiempo de Noe fue un tiempo en la historia de la humanidad cuando el mundo estaba cubierto por el pecado, esto levantó la ira de Dios para purificar la tierra a través del gran diluvio. Pero Yo les digo, hoy el mundo está en una situación peor que en aquellos días y la justa ira de mi Padre está siendo aplacada solamente por la acción de mi Divina Misericordia. La Misericordia está teniendo su tiempo pero no puede parar indefinidamente la venida de la Justicia Divina, el tiempo vendrá cuando el mundo viejo tendrá que darle paso al mundo nuevo tal como lo he predicho.
El pecado está lleno de orgullo y lleva el alma a perder el temor de Dios. El hombre es débil y se entrega a sus pasiones muy fácilmente, el efecto espiritual que esto tiene es de abrir las puertas del alma a los espíritus malvados quienes vienen violentamente a posesionarse, a pervertir y a destruir el alma. Se vuelve una tarea muy difícil erradicar la maldad de un alma pervertida, y solamente mi Gracia puede llegar directo a la oscuridad del alma para poner un firme deseo de arrepentimiento.
Yo he provisto el remedio para las enfermedades del alma. Con el derramamiento de mi sangre, Yo abrí la fuente de la medicina divina para destruir el veneno de la maldad, y sigue teniendo poder infinito para purificar las almas del pecado. Permití que hombres malvados laceraran mi cuerpo y lo cubrieran con muchas heridas, Yo derramé mi sangre gota a gota para purificar la tierra, finalmente permití que mi corazón fuera abierto por una lanza para crear un refugio en mis santas heridas así que como en el tiempo de Noe ustedes puedan evitar el castigo que ha de venir.
Por mis santas heridas ustedes son sanados, por mi preciosa sangre sus almas son purificadas y cubiertas con las vestiduras blancas para la eternidad.
Por mi Espíritu Santo ustedes son inflamados con el deseo de su purificación, así que cada uno pueda tener la oportunidad de arrepentirse, enmendar su vida y ser salvado. Yo estoy golpeando en la puerta de cada corazón.
Yo no quiero que nadie perezca; la fuente de mi Divina Misericordia esta invitando a todos para que sean purificados antes de que sea demasiado tarde. La muerte puede llegar a cualquier hora sin ninguna advertencia, no escoge edad, sexo o raza, viene a los pecadores y a los justos, nadie se puede escapar de ella.
Prepárate diariamente y protege tu alma, el templo de tu espíritu, cierra tus puertas a la maldad y mantenla en estado de gracia para que puedas estar feliz a la hora de mi llegada. Piensa con temor de Dios acerca de la hora del juicio, pero se santo y no tendrás que preocuparte acerca de lo que ha de venir.

viernes, 21 de noviembre de 2008

"QUAS PRIMAS": Encíclica de S. S. Pío XII sobre la Fiesta de Cristo Rey (Capítulo III)




III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY
20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.
Las fiestas de la Iglesia
Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.
Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas -digámoslo así- hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.
En el momento oportuno
21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio (34). Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.
Contra el moderno laicismo
23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.
24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.
La fiesta de Cristo Rey
25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.
Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.
Continúa una tradición
26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900.

27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.
Condición litúrgica de la fiesta
30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente.
Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud -con lo cual interpretamos la de todos los católicos- por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

Con los mejores frutos
32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.
a) Para la Iglesia
En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renuncíar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.
Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil
33. La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.
A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.
c) Para los fieles
34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios (35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.
35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.